joaquin doldan

viernes, 27 de enero de 2006

$>La Cita

La cita 1



Me paso horas en la Facultad. Necesito desinsertarme por un rato de todo esto.




Sus hermosos ojos serán mi escape, aunque sea momentáneo.





Quiero dejar de ser un cadáver más; debo hacer un corte con micrótomo para analizar mi situación actual.





Al mirar al microscopio veo claramente que soy un ser social, debo simplificar mi situación, administrarla para prevenir que la Universidad sea iatrogénica para mi persona.





Ella será la enzima que me ayudará a fraguar de una vez por todas.





La vi sola, en el pasillo, en posición de reposo; inmediatamente pensé en arreglar una cita, invitarla a pasear por dieciocho, tener una relación céntrica.





Junté mis arcadas en oclusión máxima y así, sin anestesia, hice propulsión hacia ella.





Fonovocalicé un saludo, ella sonrió de canino a canino. Su perfume me embriagaba como un frasco de eugenol destapado. Su voz, al aceptar mi propuesta, penetró en mí como una piedra de diamante.





Al verla partir hubiera necesitado diez eyectores de saliva.





Ella dejó en mí una impresión que, como la Godiva, sólo a 60 grados se ablandaría.





El sábado sería la cita. No lo podía creer, todavía estaba extraduro. Ella aceptó tallar conmigo un romance incandescente como el metal al colarse.





El día de la cita yo tenía una gran vasodilatación periférica, mi aparato digestivo se sacudía en movimientos peristálticos, el PH de mi organismo, haciendo burla de la homeostasis, había bajado considerablemente; me parecía oír las risas de mis lactobacilos.





Antes de salir eliminé mi placa dental, me hice un buche de flúor, hiperventilé mis pulmones, intenté normalizar mi ritmo cardíaco y, luego de vaciar por vigésima cuarta vez mi vejiga, salí con ultravelocidad a su encuentro.





Pensé en tomar algún tranquilizante mayor, pero no, debía articular mis ideas y no permitir efectos secundarios.





El encuentro fue revelador, nuestras miradas penetraron como rayos de baja longitud de onda, nos tomamos de la mano y y nos fuimos a charlar a un lugar radiolúcido.





Me fue difícil lograr la apertura; antes tuve que hacer la historia, averiguar sus antecedentes.





Al acariciar su rostro noté un resalte en la ATM izquierda; «nadie es perfecto», pensé.





Mas debemos aceptarnos con nuestros defectos y virtudes parcialmente removibles. Entre nosotros se empezó a formar un puente fijo, sentía hacia ella un tactismo positivo que hacía drenar mis pensamientos de forma más complicada y engorrosa que el encerado progresivo con la técnica de Peter-Thomas.





Ella estaba ambulatoria, colaboradora y apirética; yo, en cambio, secretaba paquetes de adrenalina en block y comencé a bruxar a causa del stress.





Cuando logré enfilar la situación en forma balanceada, me di cuenta que no tenía goma dique para aislar el campo operatorio.





Así que, aunque aumentara el coeficiente de expansión térmica, yo debía ser un chico modelo, aferrarme a las retenciones y no pasarme del borde cavo superficial. No estaba preparado para niños.





Luego de la cita, regresé a pie a mi casa, satisfecho con mi nueva novia a la que vería lunes y miércoles de 19:30 a 21:00 horas. Me había hecho tan bien olvidarme de la odontología por un rato. Sonriendo, saqué mi cuchillo de yeso y en un árbol grabé nuestros nombres dentro de un corazón atravesado por una carpule.








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La cita 2



El placebo duró poco.




Fue un romance provisorio. Aún no entiendo por qué falló nuestro noviazgo, ella decía que yo sólo hablaba de un tema; eso es falso de raíz.





Decía que yo era muy retentivo, que en mí no encontraba apoyo y sólo pensaba en el lecho. No voy a negar que más de una vez intenté darle anfetaminas pero ella refrigeraba más que agua de turbina.





Yo tengo ánimo elevador, no me podía dar por vencido. La única forma de evadirme de la odontología era conseguir una chica biocompatible conmigo, dispuesta a tener una relación eficaz y eficiente.





Poco después la conocí, me impactó (no pude impedir el reflejo de apertura); mis cavidades orbitales no podían dar cabida a mis ojos y mis diecisiete músculos linguales se contraían en forma descontrolada.





Era muy estética, mesioprosopa, con una sonrisa de porcelana.





Hablamos por horas. Con ella estaba cómodo como en un sillón anatómico. Le conté de mis pacientes, de lo lindas que me salían las amalgamas, de lo largo que era mi periodontímetro; en fin, la adhesión entre nosotros era más que física y decidimos tener una cita.





Yo soy un romántico, no soy de piedra; ¿a qué lugar podía llevar a la chica de mis sueños? A un lugar donde estar solos, donde no tuviéramos que dejar deseos sumergidos o implantados; por supuesto, a mi boliche.





Así, sólo con la luz de mi equipo, juntamos nuestros labios.





Poco a poco la fui llevando a una posición más ergonómica.





No crean que tengo la idea fija, pero mi cuerpo es como el acrílico auto, se calienta hasta quedar duro. La situación ya estaba pulida, nuestra relación estaba comandada por centros superiores, la anatomía era secundaria.





De todas formas, la extensión era inminente. Debía evitar el desgaste pero no podía ser selectivo. Por un momento pensé en un surco de escape, pero mi cerebro sólo cerraba brechas y dirigía todas las órdenes para lograr el acceso.





Yo estoy para la prevención, aprendiendo de errores pasados, si bien no tenía goma-dique, tenía un fármaco que la iba a dejar más estéril que un autoclave.





Con mi boca poco a poco comencé a tallarle un hombro. Su cuerpo vibraba tanto que no le quedó ni un poro.





No voy a describir la técnica, sólo les voy a contar que efectivamente le limé el conducto. Aunque, acá, entre nosotros, durante la apertura noté que la fresa me bailaba.





La noche se hizo larga como téorico de social. Me sentía como en la punta de una cúspide, me costaba mantener la centricidad.





Cuando cesó la movilidad, nos quedamos abrazados sin articular palabra.





No era necesario aumentar la relación polvo-líquido para lograr la consistencia adecuada en aquel momento.





Durante el post-operatorio pensaba que quizá la odontología no fuera lo mío; hacía rato que ni me acordaba de ella. A decir verdad, siempre quise ser ginecólogo.
Publicado por joaquind @ 12:41 | 0 Comentarios | Enviar