viernes, 27 de enero de 2006
Supermán y yo
Sus padres lo habían buscado todo el día. El sentimiento de culpa estaba implícito en su silencio, pero el transcurso de las horas entreveraba la rabia con el miedo. Los dos trabajaban todo el día, no tenían tiempo ni energía para dedicarle a un niño tan introvertido, por eso no se retractaban de su decisión; iba a ser pupilo en una de las escuelas para varones más completas en lo que a currículum se refiere.
Cuando la noche había llegado, lo encontraron, y la preocupación llenó sus rostros. Estaba sentado al borde de la azotea con la mirada perdida en la nada, como dormido pero despierto.
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Quedé clavado frente a la página como un gil. El Consejo de la Universidad sesionaba con gran intensidad, pero aún así como el tema que estaban tratando me resultaba tedioso había colado un diario entre los repartidos. En el dibujo, a un costado de la primera plana, Batman, Robin, Acuamán, Marvila, Flecha Verde, El Hombre Halcón, Flash, Linterna Verde y otros, le hacían cortejo a un féretro con su escudo.
-Toca el turno de votación a la Delegación Profesional, dijo el Decano.
La "Delegación Profesional" era yo.
A pesar de lo repentino, fundamenté mi voto a favor del caso a tratar, pero aunque el chispazo de lucidez me había sacado del papelón, algo en mi cara no pasó desapercibido por una de las consejeras estudiantiles. Ya concluída la sesión, se acercó y me dijo:
-¿Pasa algo malo, Doctor?
-No, gracias. Me cansan un poco las sesiones largas, sobre todo si soy el único de los tres consejeros d mi Orden que concurre, me excusé.
-Sí, claro -contestó, satisfecha.
Sin embargo, agregué:
-Además, tuve una mala noticia. Falleció un amigo.
Afuera el frío era intenso. Me puse la bufanda y como respuesta a la primer exhalación emapañé mis lentes. Ser chicato hace que las gafas que en una época fueron temporarias se transformen en parte de mi atuendo permanente. Así que, con fastidio, me las saqué, y dejé que el aire cada vez más helado de la noche me rebotara en los ojos. Subí a mi auto. El hecho de conducir siempre lo había asociado con una acción de adultos, quizás por eso mientras manejaba pensé en que lógicamente, había un montón de motivos comerciales que habían llevado a buscar un pico de ventas en historietas clásicas. Los yanquees, como buenos reyes del espectáculo y "Adoradores de San Dinero", dijeron: "OK, mucha propaganda, matamos a Supermán, vendemos; lo resucitamos, seguimos vendiendo; después hacemos una película, sacamos un disco, hacemos un video-clip, etc., etc.".
El viento que se colaba por la ventanilla comenzó a desordenar el monótono peinado, con gomina, de mi serio y sobrio pelo negro. Debía ir rápido a mi apartamento a terminar unos informes. Sin embargo, me desvié, tenía una profunda necesidad de ir a mi barrio, y mientras viajaba intenté buscar el motivo de mi tristeza.
Tenía que pagar muchas cuentas esa semana, de modo que decidí enfocar hacia ese problema mi concentración. La noche me daba una sensación de soledad muy similar a la que tenía de niño. Todavía me parecía oír a la maestra hablando con mi madre sobre la necesidad de consultar a un psicólogo sobre mi comportamiento. Intenté recordar más, pero el tiempo me devolvía borrosas las imágenes de mi niñez. Tenía un sentimiento de aquel entonces grabado a fuego, quería ser grande.
Llegué por fin a la casa de mi familia, era demasiado tarde como para explicar mi presencia, así que busqué entre mis llaves y me colé casi como un ladrón. Mi dormitorio seguía en el fondo de la casa, como congelado en el tiempo. Dentro noté que todo seguía casi igual, incluso mi persona. El poster de la pared ya no parecía tan enorme; aunque descubrí que ver a un hombre volando me seguía produciendo cierta envidia (por suerte ese sentimiento moría en mi adulto cuerpo.
La caja estaba atrás de la biblioteca; la llave para abrirla, en el tercer cajón. Adentro estaban las revistas de Supermán que había juntado por años. Mientras les daba una ojeada descubrí que todavía me acordaba de las historias de memoria. Poco a poco sentía lo mucho que admiraba cómo alguien con tantos poderes los pusiera al servicio de otros.
Había llegado a la conclusión de que no todos los hombres dan todo de sí, luchando heroicamente en el día a día. Recordé que despreciaba cómo la sociedad apartaba a los vencidos, o a los que se quedan solos, o se hacen viejos, o no eran de acero. Por eso me significaba tanto la muerte del superhéroe. Me causó gracia pensar que nada de esto tenía que ver con la intención de quienes lo mataron.
-¡Qué hijos de puta! -dije, en voz alta.
Me imaginaba a mí mismo de niño recibiendo la noticia de la muerte de Supermán. No quise pensarlo demasiado. En una de las revistas encontré una carta:
Quedido Supermán: hoy no dormí en mi casa porque se murió mi abuelo que vive en mi casa. Todo el mundo llora y yo también lloré pero poco. Me da miedo que mis padres y mis hermanos se contagien de mi abuelo. Me acuerdo que tus papás se murieron cuando explotó tu planeta y me dio lástima por vos, menos mal que sos muy valiente pero igual debe ser triste. Como vos no te vas a morir estoy contento. No me busques con los rayos X por todo el barrio, estoy en la casa de unos tíos porque en mi casa están reunidos llorando porque se murió mi abuelo. Mi hermano mayor me explicó que hacían eso para acostumbrarse a no ver al abuelo. A mí me dio un poco de asco porque leí que los muertos largan olor y gusanos. Pero serían otros muertos y no el abuelo que dij una viejita que vino a casa a llorar que era un santo y yo leí que los santos largan olor a flores.
Bueno amigo nos vemos después en la azotea. ¡Chau!
En casi todas las revistas había cartas por el estilo.
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Hoy me peleé con mi hermano porque dijo que vos sos puto que yo no sé lo qué es.
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El doctor dijo que jugara con niños como yo y no leyera tanto.
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No me gusta jugar al fútbol, y como juego mal prefiero leer.
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Como no quiero ir a la escuela estoy en penitencia así que leo mucho.
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Los niños dicen que soy distinto a ellos y eso es malo.
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Hoy te esperé y tampoco pasaste y en mi casa se asustaron porque yo te espero sin hablar para no distraerme.
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Los ojos se me llenaron de lágrimas.
Me parecía haber sufrido la niñez más solitaria, no sólo por la ausencia de amigos, sino por la necesidad de tener ese "amigo invisible".
Ni maestros, padres o psicólogos habían podido saber qué hacía ese niño por horas en el techo de la casa. Muy fácil, estaba esperando a su único amigo. No sólo leía sus aventuras, le escribía cartas, pero -por sobre todo- lo esperaba. Salí del cuarto y torpemente trepé (todavía recordaba dónde debía pisar). Cuando llegué el viento sacudía mi sobretodo como si fuera una capa. Pasé allí mucho rato, recordando cómo, de aquel niño, había perdido, más allá de los recuerdos, aquel sentimiento de soledad e incomprensión. Extrañaba mi propia inocencia, mi propia franqueza, mi propia imaginación; ésa que había logrado que no me sintiera tan desamparado ya que sabía que, en algún lado, su amigo estaba haciendo alguna misión y por eso no venía.
Sin embargo, esa noche sintió muy de cerca de ese niño y lloró de deseo, al pensar en la posibilidad de volar a esos años, y decirle que no se preocupara, que en algún momento de su vida Supermán iba a venir a rescatarlo.
Joaquín Doldán