joaquin doldan

sábado, 28 de enero de 2006

$>La Pausa

La pausa.

El capitán vió el gol unos segundos antes que la pelota se hundiera en el fondo de la red. Ya cuando el defensa de la selección contraria había pateado estalló la tribuna anunciando lo inevitable.
Su arquero se tiró pero él supo que no iba a llegar.
Mientras el estadio entero gritaba victorioso, el pitido del árbitro le recordó a un pequeño barco que tenía su padre en la costa atlántica, muy lejos de allí. La pelota había girado en la red como muchos peces enormes lo habían hecho en las tardes que habían compartido. La victoria que expresaba el rostro de su padre ante esa imágen, estaba bien lejos de ser la que descubrió en sus compañeros.
Llegar a un mundial, el sueño de todo futbolista totalmente interrumpido, roto por los locales.
De las tribunas solo habían salido gritos en su contra. Por el contrario ante cada jugada de ellos una ovación general les llenaba de orgullo. El gol había sido lo que faltaba, podía divisar cada sonrisa del público, que gritó hasta la afonía por unos segundos y enseguida se quedó en silencio, esperando.
Fue ese dato, en ese instante, cuando supo que hacer. En cuanto lo pensó vió a sus contrarios acomodados tras la línea central. También esperaban con ansia.
Por otro lado estaban sus compañeros. El arquero aún tenía la cara metida en el césped. Los defensas se culpaban unos a otros y el resto solo miraba para adentro del arco.
El ritmo del partido estaba marcado por ese paisaje, ellos en jaque, los otros aprovechando el impulso. Con la sangre caliente.
Corrió a la pelota y llegó antes que todos.
-La llevo yo- les gritó en su idioma, poniendosela bajo el brazo.
Su padre le había contado mil veces una historia en las tardes de pesca. Una historia de fútbol. Sucedida en el mundial de 1950.
Jugaban en el estadio Maracaná la final del mundo entre Uruguay y Brasil. Este último obvio favorito, una selección absolutamente poderosa, que se había abierto paso ante las demás de forma inexorable y llegaba, a estadio lleno, a buscar su copa. Multitudes ya estaban festejando por las calles.
El primer gol de Brasil no se hizo esperar, y su padre vió algo que lo marcó. El capitán de Uruguay se apresuró a meterse la pelota bajo el brazo, y comenzó a caminar muy despacio hacia el círculo central.
Eso estaba haciendo. Mientras caminaba los silbidos se hacían ensordecedores, y recordó las frases que hablaban del espectáculo del fútbol, de los reglamentos buscando el dinamismo, de la televisión preocupada por el ritmo de las transmisiones.
-Que pasen propaganda-murmuró para si mismo. Muchas cosas cambiaron de aquel mundial hasta hoy. Por eso quería hacer que el espectáculo fuera también lo que había sido un día, un juego.
Uruguay ese día ganó dos a uno. Muchos dicen que la pausa de Obdulio Varela había permitido la reacción.
Su padre decía que le pareció una persona de condición sencilla, que sabía separar el juego del campo y el juego de la vida. Con esos datos había viajado a Uruguay a conocer a aquel capitán. En cuanto fue llamado a la selección quiso hablar con él. En aquel partido había nacido el término “Maracanazo”, que por años se usaría ante una hazaña en cualquier campo de fútbol. Tenía que hablar con ese hombre.
Le sorprendió mucho descubrir que el héroe de Maracaná vivía en una humilde casa de un humilde barrio de Montevideo. Una especie de mito viviente disfrazado de un anciano más. La piel oscura, el pelo blanco, un gran descreimiento ante las promesas de los políticos de recordarlo para darle dignidad económica a su vida, y lo que más le llamó la atención, hablaba de la hazaña con desdén, como si hubiese sido casual.
Tomaron mate juntos toda la tarde.
El color del césped le hizo recordar cada momento de aquella conversación. Mientras caminaba uno de sus compañeros vino a apurarlo.
-¿Se puede saber que haces?.
El respondió con una sonrisa y le guiñó un ojo.
El mismo guiño le hizo Obdulio aquella tarde cuando le contó:
-Si yo no enfriaba el partido los japoneses nos pintaban la cara.
Nunca había salido de su país por eso al oir a los jugadores brasileros hablar portugués se refería a ellos como “japoneses”.
También le contó algo que le erizo la piel:
-Esa noche salí a dar una vuelta. Probablemente nunca pudiera volver a conocer aquella ciudad. Pero ver la tristeza de aquel pueblo se me hizo insoportable. Me tuve que volver.
El capitán miró de reojo a las tribunas que de pie lo insultaban. El árbitro como era de esperar se acercó y le sacó la tarjeta amarilla. Todos pensaban que debían apurarse a empatar, los minutos corrían . El estaba seguro que hacer y podía adivinar en la cara de los locales como se apagaba la euforia que habían logrado con aquel gol prematuro.
Puso la pelota en el centro de la cancha y miró a sus compañeros. Era volver a empezar. Su seguridad durante la pausa había cambiado la actitud de sus rostros. La desventaja había quedado atrás en el tiempo. Una hazaña era posible.
Antes de sacar se tomó un segundo para recordar a su padre, aquella tarde Obdulio le había mandado un saludo. Había sido un gran arquero, pero nadie, nunca, lo había felicitado por haber salido vicecampeón en 1950.

Joaquín Doldán
Publicado por joaquind @ 16:59 | 1 Comentarios | Enviar

Comentarios

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  • Autor: joaquind
  • Fecha: miércoles, 08 de febrero de 2006
  • Hora: 11:29
Este cuento también ganó un concurso en el 2005...es un pequeño homenaje al fútbol.