El cruce
1
Surcamos el océano y luego de vivir un año en invierno llegó un intenso verano, extremadamente intenso. A pesar del calor de las calles, fue un apretón de manos lo que de forma brusca aumentó definitivamente mi temperatura, pocas veces un ser humano debe haber estado tan cerca del punto de ebullición.
Cuando vi alejarse mi país sentí algo similar a lo que debe sentir una planta cuando la cambian de maceta. Cada raíz se desprende de la tierra e inevitablemente, y a veces imperceptiblemente, pequeños trozos se desgarran y quedan ahí mezclados, perdidos, condenados a secarse. Luego llegó lo nuevo, todo lo nuevo, el ruido, el olor. Lo feo asustaba, lo lindo pasaba desapercibido. Atravesar una avenida generaba tantas dudas como la primera vez que nuestra madre nos mandó solos a hacer las compras. La primera noche el sueño era imposible. Cada sonido era un recuerdo que amenazaba con desaparecer.
El hombre frente a mi se transformó en un espejo en el que fue inevitable verse reflejado; tenía mi edad, éramos de la misma estatura y color de piel, era dueño de una clínica y estaba desesperado por hacer dinero con la profesión que yo hace tiempo había ejercía, solo nos diferenciaba el acento a la hora de ser vistos y escuchados desde afuera, solo la forma de hablar el mismo idioma. Por lo menos esa fue la única diferencia que yo quise notar. Pensé en su vida, en sus amigos, solo como excusa para pensar en los míos. Había decidido el exilio un poco antes del total fracaso y eso hoy me generaba dudas, demasiadas, de esas que se notan en los ojos. Me fui odiando a mi patria, sentía haberme quedado sin lugar.
El nativo necesitaba con urgencia alguien para trabajar en la consulta que había instalado en una playa, y hacia allá fuimos con mi familia. Tendríamos un par de semanas de descanso antes del comienzo. Se terminó la incertidumbre, así, de un plumazo. Contrató mis servicios, y de repente pasé a tener, trabajo, casa, comida, vacaciones pagas y lo mejor, a partir de ese instante tuve un país de residencia.
2
No podía ser tan difícil cruzar el estrecho. El extranjero dueño de la patera nos la alquilaba a todas las familias, y solo se necesitaba una noche, unas horas para que la otra orilla, me diera una oportunidad. Desde que llegué al lugar de partida no podía dejar de mirarla, estaba ahí a simple vista.
Desde hace años, cuando cae la noche, solo puedo pensar en salir, de la forma que sea. Nada puede ser peor que esa sensación. De a poco cada parte de este paisaje, (mi paisaje), comenzó a quedar sin color; la comida que cuando niño tenía un valor hermoso y puro ahora era una mercadería más, dependiente del dinero que los turistas parecen despreciar.
La noche antes de partir soñé con unos ancianos que me miraban con furia por abandonar mi tierra de aquella forma. Estaban dispuestos en un círculo a mí alrededor y empezaron a tirarme sogas, me ataban del cuello y me arrastraban por la arena; luego estaba inmóvil en la bodega de un barco lleno de gente joven. Nuestras pieles oscuras brillaban con el sudor que el encierro arrancaba de los cuerpos. Toda esa vitalidad era solo el comienzo de un largo despilfarro de dolor y esfuerzo, aplicado a una tierra ajena, a un precio igual a cero. Los viejos me miraban y en sus ojos veía una pregunta con respuesta incluida: ¿cómo se recupera de eso un continente?, ¿tanta sangre, tanta prisión, tanto sudor inútil?...
Desperté llorando desesperado, y corrí a la orilla que debíamos cruzar. Era solo un estrecho, la salida de un mar. No era un océano, era mucho más sencillo que cruzar un océano.
3
Llegamos al atardecer. Una moderna consulta dental, con recepcionista, asistente, todo muy legal. Esa palabra: “legal” me resultaba muy graciosa. Resulta que por casualidad había viajado a Cádiz hace 15 años, al acabar la carrera, y por esas cosas del destino traje mi titulo, e inicié durante mi estadía los trámites de homologación. En pocos meses y solo con un sello mi titulo era válido para trabajar en España. Fue como sacar la lotería. , pero no fui conciente de eso hasta este viaje, cuando en el avión, mientras protestaba porque pasaban una película que ya había visto, me encontré con uno de mis docentes, un gran clínico, uno de los mejores periodoncistas, reconocido a nivel mundial, había recibido su respuesta, para poder ejercer se debía examinar de 14 materias, desde anatomía, hasta psicología, desde patología hasta radiología. Era la segunda vez que rendía el examen, iba quitándose la materias de a una, hace tres años que estaba en ese trámite. Tenía una insoportable tristeza en los ojos, cansados de tanto elegir entre cinco opciones.
La primera noche sentí una imperiosa necesidad de caminar en soledad, tomé mi chaqueta favorita (un viejo abrigo de una marca cara, que me compré con mi primer ingreso importante en la clínica y que usaba cuando necesitaba sentirme poderoso), y salí a caminar por la playa.
El lugar estaba muy cerca de la arena y una primera sensación resultó agradable y familiar. Al principio me costó entender de donde venía pero luego al llegar una y otra vez supe que era el sonido del mar. Cada ola rompía en la orilla trayendo un recuerdo que me estremeció. Por primera vez razoné que era el mismo océano en el que yo vivía. El mismo, pero de la orilla opuesta. Cada ola podía ser un mensajero que tomara cosas de un lado y las expulsara del otro, en cada choque se oían los murmullos de cada pueblo. Era el mismo océano: ¿por qué lo sentía tan ajeno? Tenía el mismo color, idéntica textura, no había diferencias entre sus historias, sino todo lo contrario, una orilla y otra estaban oscilando desde hacía siglos en cruces mutuos.
La primera plaza de toros que vi en mi vida la visité cuando niño, en mi barrio. Pero esa tarde, cuando viajaba a mi nuevo “hogar”, había visto por primera vez un toro. Tuve la sospecha de estar completando un puzzle del mismo país, partido en trozos y dispersos por todo el planeta.
4
Es el mismo planeta. Soy un ser humano. Es la misma zona, solo un poco de agua me separa de otras oportunidades. Solo me bastaba con la certeza de comer a diario, la sensación de libertad, de la posibilidad de tener una vida nueva.
Había juntado con gran sacrificio el dinero desde el día siguiente a haber terminado los estudios. Había sido un milagro. Una noche encontré a una pareja de ancianos que había decidido cambiar la nieve por el desierto. Viví con ellos, estaba dispuesto a ser su sirviente pero me convertí en su hijo. Luego pude estudiar hasta que ellos volvieron a su tierra, a esperar la muerte. No había podido pedir una mejor herencia, cada libro me acercó a Dios mucho más que cualquier escritura sagrada, logrando la certeza de que existía una forma diferente de vivir. Desde ese momento se me hizo insoportable la idea de morir en el desierto, paseando turistas. Ningún rey podría pedir que sacrificara mi vida por el bienestar del palacio. El sol se iba y mi piel no podía ser más oscura. Recorría con la mirada a las otras personas que me acompañarían en el viaje.
¿Quién era yo para juzgar a la mujer embarazada? ¿Cómo podía opinar que era una locura que aquel otro niño, tan pequeño, cruzara en aquella embarcación? Me sentía sin derecho alguno a juzgar cualquier actitud de sus compatriotas. Todo era comprensible, por más arriesgado que pareciera.
5
Nunca hubiera sospechado que iba a ser tan arriesgado. Tuve que enfrentarme a un mundo bastante diferente del que había imaginado. Quizás lo que más me irritaba era la cantidad de puntos en común. Era un país más próspero, era cierto, pero la prosperidad no asegura la justicia. Sin embargo, allí estaba disfrutando de mi suerte. De haber caído de este lado de a estadística. De permitirme sentir lo que sentía, una extrema añoranza por mis amigos, por mi territorio, por su cielo. Me senté a fumar en la arena. Miré la caja de cigarros, leí su marca, con su advertencia y solo por un instante me pregunté donde me gustaría estar en el momento en que consumirlos trajera las consecuencias que decía la leyenda. Dejé que un par de olas chocaran en la orilla.
Era más sencillo pensar en otras cosas. Por primera vez en meses dejé de preocuparme por el futuro, durante dos años en mi país y hasta hoy, lo único que hice fue pensar en el mañana. Quizás desde antes. Seguro que desde antes. Ya no recordaba al momento en que dejé el presente de lado para dedicar cada día en solucionar la subsistencia del otro. Irónicamente la solución fue el razonar la posibilidad y luego decidir el mecanismo de nuestra partida. Cada trámite, detalle, contacto, llamada telefónica, o medio de transporte tenía un solo objetivo, un futuro mejor. Hacía demasiado que no dedicaba un minuto en repasar mi pasado. Y esa noche sentado en la arena parecía el momento más indicado para hacerlo.
4
El peso de mi historia me había aferrado por años. Era el único argumento que logró subsistir en mi mente hasta esta noche. No podía suponer que a partir de ahora solo pensaría en el futuro, que los recuerdos se empezarían a confundir con los sueños hasta no poder diferenciar unos de otros.
Bastaron dos choques de la precaria embarcación contra las primeras olas para entender que a pesar de lo breve no sería un viaje fácil. Los que manejaban la patera nos dedicaban miradas de desprecio; inexplicables. A pesar de que mis ansias estaban en la otra orilla, algo me decía que el cruce iba a invadir mi mente esa y el resto de las noches de mi supuesta nueva vida.
Avanzábamos hacia la noche, cada vez más oscura, cada vez más profunda.
6
La luz de los cigarrillos titilaba con su intermitencia naranja para interrumpir tímidamente la negrura de una noche sin luna. Había una imagen maravillosa por lo sugerente: era imposible diferenciar la línea del horizonte. En algún sitio el cielo y el mar se fundían, daba miedo; generalmente las líneas, sobre todo la del horizonte, dan mucha seguridad. Miré las constelaciones, sus imágenes no eran diferentes a las que veía allá, por lo menos no lo suficientes como para que yo lo notara.
De algún sitio llegó hacia mi mente una tremenda sensación de miedo. Pocas veces un sentimiento tiene un origen geográfico pero en este caso podía asegurar que el temblor que invadió mis manos venía del mar. Traté de controlar el tamborileo de mis dedos pero su movimiento, involuntario y ridículo, me recordó a otro miedo anterior, que surgió en mi país. El miedo que vi desde mi último y pasado de moda coche. Me detuve en una calle de la capital y en el semáforo unos niños limpiaron mi parabrisas, otros hacían malabares con tres limones, y otro dormía en el cantero que separaba los carriles. Al llegar a mi casa con esa imagen fresca, confirmé frente a los libros de contabilidad que a mi consultorio odontológico le quedaba poca vida. Mi hija dijo una frase que me transportó al semáforo:”Tengo hambre: ¿qué hay de cenar?”. “Por ahora hay”, pensé con la última gota que me quedaba de mi antiguo sentido del humor. Luego y para confirmar lo oportuno de huir en un avión hacia algún sitio, pasaron la noticia de un grupo de niños que se desmayaron en la escuela porque hacia tres días que solo comían pasto. Desde ese día nada me detuvo, nos íbamos de ese lugar, si no respetan a los niños es que nada los va a detener, hicieron desaparecer el futuro, sin piedad, y sin vergüenza.
Un español, me recomendó este lugar, el sur de su Patria, el lugar más soleado, más alegre, y más divertido del mundo. Ni el ni yo sabíamos que poco después nos veríamos, cuando los bancos de aquel lugar se le quedaran con su dinero, logrado con el esfuerzo de años, y luego de extrañar en forma constante su país, volvería: solo, ajeno, extranjero, inmigrante.
7
La oscuridad fue cómplice para que mi orilla se perdiera de vista en forma prematura. “Ya está, soy un inmigrante fuera de la ley”, pensé. Sin saber nada de navegación, ni sospechar los terribles peligros del cruce traté de dormir, de tratar de no ver todo lo que estaba por suceder.
Antes de cerrar los ojos miré al niño, a la mujer embarazada, a los otros ocupantes de la patera, todos menores de treinta años, mi continente de nuevo de quedaba sin jóvenes. El sitio más viejo del mundo, donde decían que había nacido el hombre, no retenía a sus nativos. Quizás, así como la naturaleza se defiende de nuestros ataques, nuestra tierra busque la forma de detener la sangría de jóvenes y busque la forma de frenarnos. Seguramente este último pensamiento fue el causante de mis pesadillas.
En mis sueños la embarcación cruzaba un tranquilo mar. Ya se divisaba una hermosa playa, donde bajo un brillante sol un grupo de personas con banderas rojas y amarillas ofrecían una fiesta de bienvenida. Saludaban con euforia nuestra llegada y nos esperaban con alimentos calientes y frescas bebidas. A pesar de la distancia podía distinguir sus sonrisas. Todos los tripulantes saludamos a la orilla con alegría, cuando a nuestras espaldas comenzó la venganza de los espíritus de nuestra tierra. El verde y transparente mar comenzó a abrirse ante una garra negra que venía de las profundidades. Se escuchó un grito. La nueva orilla desapareció y cielo se llenó de nubes grises que lanzaban amenazadores rugidos. La garra se alzó cubriendo nuestra pobre nave de sombras y ante nuestro terror e impotencia arrancó al niño de los brazos de su madre, como cobrándose un cruel tributo, los gritos enloquecedores de la mujer mientras los demás trataban de retenerla me despertaron.
El horror y la agitación me hicieron saltar en el poco espacio que tenía. Me llevé las manos a la cara tratando de espantar los fantasmas. Creí estar llorando, pero los sollozos venían de otro sitio, algo había sucedido. El continuo batir de las olas era infernalmente intenso y la oscuridad conspiraba contra la visibilidad aún así era inevitable notar que algo terrible había sucedido.
El conductor de la embarcación gritaba que debía continuar o todos moriríamos, me costó entender lo que sucedía hasta que con espanto noté que la mujer embarazada estaba en estado de shock, temblando y con la vista perdida, a su lado tres hombres sostenían a una mujer que ya no podía gritar del desgarro que había sufrido. Estiraba las manos hacia las olas que momentos antes le habían arrebatado a su hijo.
8
Me desperté sobresaltado. Estaba tumbado en la arena que ya se había enfriado lo suficiente como para dejar de ser una buena cama. Las olas estallaban con más furia en la orilla que noté que estaba más cerca. Seguramente mi familia estuviese durmiendo la primera noche de paz en meses. Esa sensación trajo una necesaria dosis de calma. Decidí que mi querida chaqueta, compañera de tantas experiencias, dejara su puesto de pasiva alfombra para abrigar el tímido fresco que llegaba del mar. Más allá de nuestra nueva casa se veían luces de los hogares vecinos. Según nos habían contado en algunas de ellos se daba albergue clandestino a los inmigrantes ilegales. Yo no podía entrar en eso, pero no pude evitar simpatizar con ese gesto humanitario. Era extraño, instalada gente de un pueblo de frontera preocupada por unos extraños, no dejaba de llamar la atención una dosis de solidaridad en un mundo como el nuestro, colonizado por la competencia, las leyes, y lo correcto. Ya hacía mucho que mi individual camino me había apartado de todos esos sentimientos solidarios. La necesidad y el instinto de supervivencia sumergieron las pequeñas semillas que en algún momento podían haber germinado alguna planta que respire cooperación para mis iguales. Entre otra cosa porque hacía mucho que no me sentía prójimo de nadie.
9
Ninguno de nosotros podrá borrar ese recuerdo, el dolor de esa madre hacía inútil cualquier sueño que pudiese haber surgido del viaje.
No pude evitar un sentimiento de reproche hacia ella, por haber corrido el riesgo. También me estremecía la mirada de la embarazada, parecía estar muerta, por lo que no pude evitar sentir un tremendo dolor por el niño que llevaba en sus entrañas. La frustración era una increíble aliada contra el miedo. Nadie hablaba, solo los rugidos del mar trataban de espantar en forma innecesaria cualquier esperanza. También me sentí morir, estaba seguro que no lo lograría, y para peor lo sucedido solo me hacía sentir que daba igual, que lo mejor que nos podía pasar era acabar así por haber querido cruzar un sueño. Mi desesperanza tenía que ver con la sutil observación de los cruces de miradas entre los dueños del barco, los tres hombres habían cobrado un buen dinero y ahora estaban controlando la situación a base de gritos y amenazas. Efectivamente no tardaron en confirmar mis sospechas. Los tres hombres sacaron unos machetes y dijeron que si los varones no saltábamos al agua nos tiraban a todos. Dos jovencitas se tomaron la mano con miedo y comenzaron a llorar, la embarazada no reaccionó en absoluto, la pobre madre lanzó un grito con sus últimas fuerzas y saltó ante el estupor de todos. Ellos seguían apuntando con sus machetes. El cuerpo de la mujer fue literalmente tragado por las olas en el instante en que tocó el agua. Pretendían que cinco hombres saltáramos e intentáramos llegar nadando a la orilla que según ellos estaba a ciento cincuenta metros, con eso lograrían que fuera posible que ellos tres y las siete mujeres que quedaban a bordo llegaran a salvo. Uno de los amenazados se puso a llorar diciendo que no sabía nadar, eso desencadenó una serie de súplicas, un torrente de pedidos, implorando una oportunidad por parte de todos. Esa fue la última vez que los vi. No puedo explicar que pasó pero en ese momento extremo apelé a la última dosis de valentía y dignidad que creía tener. Quizás el horror del que fui testigo me hizo sentir que ya todo daba igual, no lo sé. Lo cierto fue que miré hacia la lejana e invisible orilla que ellos señalaban, traté de buscar la referencia de alguna estrella, solo para aferrarme a algo, aunque fuera una luz lejana, y me zambullí.
10
Miré el mar y traté de captar su hermosura, traté con todas mis fuerzas de pensarlo como un lugar lleno de vida y esperanza. Debía pensar así. Tenía que ocultar por un tiempo las tremendas ganas de estar en mi tierra, en el barrio en que nací y crecí. No me podía dar el lujo de pensar en el lugar para mi tumba. Había “remado” demasiado para llegar a este lugar y hoy me tocaba disfrutar. Mirar el lado bueno, ser positivo, todas esas cosas en las que nunca había creído sobre la fe y su capacidad de mover montañas. Había hecho una apuesta por un lugar, por un país en el que hoy gozaba de una situación de privilegio. Debía aprender a disfrutar de la vida.
11
Todo lo que intentara contar sobre el resto de mi travesía sería casi una suposición. Era como si nunca hubiese estado allí. Nadando en un mar embravecido, muy lejos de la costa intentando guiarme por una estrella que cada tanto desaparecía del cielo, o por lo menos eso creía. Aunque intentara describirlo como un infierno, no puedo. Era lo más parecido a volar, por la eternidad, o sea sin tiempo. Evidentemente esa noche estaba signada para que mi vida continuara más allá de ella. Lo noté mientras nadaba, fue como una sensación que me llegaba de la orilla, estaba seguro que iba a sobrevivir.
En un momento dejé de sentir los brazos, el intenso frío hizo desaparecer mis extremidades, pero yo seguía nadando con el pensamiento. Si me esforzara en recordar podría decir que el mar estaba cada vez más calmo. Creo estar seguro de que con cada brazada las olas se hacían más pequeñas. Luego cuando no pude moverme más traté de descansar, flotando boca arriba, con los brazos extendidos podía ver a mi estrella sobre mi cabeza, y supongo que la corriente me ayudó.
12
El hombre blanco se acercó a la orilla, estaba a unos pocos metros del agua cuando vio algo que se movía surgiendo de las olas. Lo primero que notó fue una camisa que se incorporaba a los tumbos, y luego avanzaba.
El hombre negro notó con sus manos que la arena del fondo estaba allí. Lo había conseguido, se incorporó y disfrutó del nivel de agua en la cintura. Olas de distintos tamaños le golpeaban la espalda, solo para empujarlo hacia afuera, ayudándolo a salir.
El hombre blanco viviría el momento con una gran sensación de contradicción. Mientras había estado esa noche luchando con sus fantasmas, luego de lograr un instante de paz , se encontró con ese otro hombre, que había luchado por su vida para llegar a esa orilla , solo, empapado, muerto de hambre, sed y frío, cansado al extremo y con el miedo dibujado en el rostro.
El hombre negro escuchaba latir en el pecho un frenético tambor que festejaba el haber salvado su vida. Pero toda su euforia se sintió eclipsada por el temor al ver aquel hombre que estaba clavado en la arena. Lo primero que pensó es que todo ese esfuerzo había sido inútil, todo ese terrible esfuerzo se terminaba si era un guardia que lo estaba esperando para devolverlo al otro lado. Le tuvo miedo, al hombre, a la vuelta, a solo pensar en repetir una experiencia como la de aquella noche.
El que salió del agua avanzó temblando, se tropezó sobre la arena con espuma, y quedó de rodillas, incapaz de caminar, incapaz de razonar hacia donde tenía que ir.
El que estaba en la arena se acercó y lo ayudó a levantarse, y aún desconcertado, profundamente conmovido pero sin poder hacer algo mejor, le señaló las casas en el horizonte, intentando sonreír. Buscó en su bolsillo la caja de cigarrillos, el encendedor y se los puso en la mano mojada. Luego se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros. El otro seguía temblando aún sin ser capaz de gesto alguno. Apenas levantó los ojos para seguir el camino que le señalaba el brazo y luego inclinar levemente la cabeza como agradecimiento.
Así fue como, por solo un instante y antes de despedirse para siempre, ese americano y aquel africano cruzaron sus miradas en una playa de Europa.
cuentos de inmigrantes