joaquin doldan

miércoles, 22 de febrero de 2006

$>LA BANDA LATINA

La banda latina

Caminaba por las calles del pueblo rumbo a la vieja casa. A lo lejos se dibujaba la sierra de las afueras de Madrid.
Su pequeño y gastado cuerpo no expresaba el cansancio, su cara mantenía los rasgos indígenas que desnudaban su origen de algún rincón de Ecuador. Ya hacía quince años que había sido madre. Como un relámpago habían pasado los diez años que la separaban del momento más doloroso de su vida, cuando decidió emigrar y dejar a su pequeño con los abuelos. En aquel entonces la legalidad era más fácil, el trabajo era duro pero abundante, el dinero era poco pero fructífero. Limpiar casas , una tras de otra, le había permitido enviarlo para criar a su hijo sin carencias económicas. Hubo que esperar muchos años, casi diez, pero por fin lo trajo a su lado. Su instinto de madre, trabajado por una cultura sabia y simple, había saltado las alarmas en las conversaciones con sus padres por la actitud de Kenny. Por eso apuró el trámite.
Suponía que para su hijo el haber sido criado por sus abuelos podía haber generado un injusto sentimiento de abandono. Solo así se explicaba la rabia que podía leer en sus ojos.
En Quito era más fácil comprarle esa ropa que tanto le gusta. Aquí esas marcas son muy caras y le preocupa que no quiera estudiar , ni trabajar y que diga sentirse discriminado. Se siente distinto es comprensible. Allá era un rey. Aquí un extranjero. Quizás por eso solo se junta con ese grupo. Sabía que no era bueno dejarlo durmiendo y luego permitirle estar en la calle hasta cualquier hora. Escuchaba todos los días las noticias sobre las bandas latinas que se juntaban con preferencia en los barrios obreros de Madrid, incluso en algunos pueblos. Las dos más famosas eran de un grupo de niños dominicanos y se decían enemigos de otro grupo de niños ecuatorianos. Había escuchado incluso preocupantes declaraciones de unos muchachos españoles que decía sentirse acosados por un montón de chicos de color que se adueñaban de las canchas de básquetbol, y que incluso cobraban dinero por pasar por una calle. Un día se cruzó con el hijo de un matrimonio de amigos del pueblo (una gente muy hospitalaria), y miró como pintaba una cruz de esas que usaban los nazis. Ella lo observó con preocupación pero enseguida desvió su mirada, y mientras miraba al piso , como generalmente, escuchó con espanto como el la insultaba y decía algo de la pureza de su raza. Su hijo también decía algo del poder los latinos o algo así. Si viviera su padre podría ponerle orden, pero ella estaba muy cansada. Había luchado tanto por tenerlo a su lado. Dobló la esquina y algo en la calle le llamo la atención. Había una gorra de béisbol como las que le gustan a ellos. Estaba nueva, se le habría caído a alguno de esos gamberros. Leyó la marca en la gorra. Tanto trabajo no le permitió captar la ironía pero esa línea deportiva había sido el detonante para que se fundiera la última fábrica de calzado local. Cuando esa empresa yanqui se instaló en su barrio , con sus condiciones de trabajo , fue cuestión de tiempo para que su vida desembocara en aquel atardecer.
Su corazón se paralizó. Pero no en un golpe seco , sino poco a poco. Fue como si lo que le quedaba de vida se quisiera extinguir con cada paso. Estaba la policía esperándola. Su hijo había matado a golpes a otro chico, inmigrante como él, latino como él, luchando por ocupar una plaza de aquel país, en el que algún día ella soñó vivir con su familia.

Joaquín Doldán
Publicado por joaquind @ 11:39 | 0 Comentarios | Enviar