viernes, 10 de marzo de 2006
El monstruo que creó al monstruo
Armar un cuerpo fue fácil.
La verdadera tarea era crear un alma de recortes de mentes, o una mente de recortes de almas.
El error de su antepasado había sido ese y él no iba a repetirlo. La teoría era que las células se impregnan a lo largo de la vida de la energía que generan. Por eso no hay nada más amable que los ojos de un pintor, la sonrisa de una modelo, las manos de un carpintero, las piernas de un maratonista, las orejas de un psicólogo, la nariz de un cocinero, etc..
Lo complejo de la tarea no era conseguir las partes sino definir algunas de ellas. Por ejemplo: sexualmente: ¿sería preferible la castidad de un religioso o la práctica generada por el ejercicio de la prostitución?.
¿Dónde buscar la bondad?, ¿en un médico dedicado a aliviar el dolor, o en un dirigente sindical solidario?.
¿Sería preferible la precisión de un matemático o el talento de un artista?.
La tarea era compleja. La otra opción era tratar de borrar toda memoria. Crear un cuaderno en blanco y comenzar a escribir luego de su "nacimiento". Fue su elección. Después de todo el cagón de Frankenstein había dejado a su creación a la deriva, como un mal padre.
Fue una dura lección descubrir lo imposible del olvido. Si bien es cierto que la real memoria no existe, es también una falacia lograr que el pasado desaparezca. La tarea era compleja. El presente de su monstruo era un estado de espera, en espera a que su monstruoso creador decidiera su pasado.
El libre albedrío también era peligroso, sino pregúntele a Dios del cuál se sentía colega.
-¿Y si no le pongo cerebro?-pensó. Descartó la idea. No creía que el mundo necesitara otro político.
Por largo rato se quedó mirando la siniestra y enorme figura. Lo tenía de pie, sostenido por cables conductores hacía los pararrayos del techo. Ante la duda decidió tironear del hilo que unía las partes y su criatura se descosió totalmente.
Joaquin Doldán