domingo, 12 de marzo de 2006
El doctor y el Señor
Tomaba la fórmula y comenzaba el proceso, algo se le partía en el pecho. Una especie de rayo con olor a olvido dibujaba una fisura en su alma. Era un adicto. Se sentía culpable de su dependencia, pero nada ni nadie le ayudaban a buscar una alternativa. Necesitarla le había cambiado la vida. Por un lado sentía el ser diferente, quizás superior, a los que no conocían esas sensaciones. Por otro vivía la debilidad que luego de la transformación lo hacía balbucear:"nunca más".
Hacía días que no la probaba. El doctor volvía a ser el frío Médico que atendía en el hospital público....nada lo conmovía.
Estaba tan acostumbrado al dolor que por momentos se sorprendía pensando en otra cosa en plenos actos quirúrgicos. Se deshumanizaba.
Se daba cuenta de su pérdida por eso a la noche buscaba placer, distracción, sentir la vida con los sentidos amplificados. Por eso llegó a gatas a su laboratorio y se prometió tomar la fórmula solo una vez más. Solo una. La última...o casi.
Así, el Señor salió a la calle. Era difícil que un tipo así sobreviviera. Su aspecto era inocente, su ropa simple, libre de modas, y en su cara se dibujaba una sonrisa franca que adornaba sus ojos transparentes. Un tipo tan amable tenía problemas constantes de relación, los demás reaccionaban peor ante alguien que a veces ni los miraba y a veces se desvivía en atenciones.
Estaba dispuesto a colaborar con todos lo cuál era un problema, no se debe ayudar a quien no está dispuesto a recibir ayuda.
En el Hospital pocas personas lo saludaban, efecto secundario indudable de su antipático historial.
Una enfermera hace tiempo sospechaba que algo extraño sucedía. Por nada en particular, pero la conducta errática del gélido doctor tenía una diferencia sustancial con la de los otros témpanos universitarios. Una noche que se lo encontró caminando hacia su casa se lo cruzó. Apareció de golpe, dio vuelta la esquina y como era previsible ni la miró, es más casi la atropella, pero en ese breve instante ella llegó a ver dibujada en su rostro un leve sonrisa. Lo más extraño era la combinación de gestos, porque la mueca iba acompañada de una mirada desesperada, con los ojos fijos en su casa al otro lado de la calle. Era una cara un poco patética. Parecía la que ponen los drogadictos cuando van a recibir un placebo.
Se le había ocurrido una variante en su historia.
La fórmula de esa noche iba a tener ingredientes particulares. Era una mezcla demasiado sincera para un científico. El líquido era verde y fluorescente. Su consistencia lo hacía intomable por eso no tuvo más remedio que cargar una jeringa. Era bastante decorativo ver como el luminoso líquido se reducía en el tubo para iluminar el sector de vena en el que era inyectado. El ambiente del laboratorio, luego de la maniobra recuperó su penumbra habitual.
Empezó a tener sueño. Seguramente se durmió ya que su mente se llenó de extrañas imágenes.
En ellos se veía desnudo con una pequeña abertura en el brazo, justo donde se había inyectado. Del pequeño agujero salía una luz verde. Intentaba taparla con un dedo pero al tocarse su piel se rompió como si fuera un papel no apto para presión alguna. Tomó un pedazo de piel y tironeó con fuerza. Quien sabe que resultado esperaba pero lo cierto fue que se arrancó un gran pedazo de piel y músculos, la imagen no fue sangrienta porque de sus vasos chorreaba su fórmula. Su brazo quedó con un hueso parcialmente expuesto. Se aterrorizó tanto que quiso gritar pero el violento movimiento solo logró un ruido de rama seca rota en su cara. Su mandíbula se le desprendió y cayó al piso. En cuento su pedazo de cara dio contra las maderas del suelo se levantó de un saltó del sillón y corrió a los tumbos buscando un espejo. En el camino desparramó sus frascos y tubos de ensayo. Entró al baño y se miró en el espejo, estaba bien, entero, vestido. Se desnudó para revisarse. Mientras se miraba empezó a notar que por primera vez en años se sentía bien. No desdoblado, no era ni el frío doctor ni el amable señor, era algo intermedio, no artificial, era como antes de entrar a la Universidad, sentía por él mismo. Esos difíciles estados de equilibrio duran poco en un mundo desequilibrado. Notó que en su brazo, en la zona de la inyección había un agujero, pero de él no salía luz, tampoco era oscuro. Le costó darse cuenta que se veía para el otro lado. El efecto se empezó a extender, hacia su mano y hacia su hombro. Le costó darse cuenta. Pero más le costó asumir que aparentemente estaba desapareciendo.
El miedo lo congeló. En algún lugar de su autodestructiva conciencia había, sin embargo, una sensación de alivio. Cuando ya no tenía brazo tuvo una extraña sensación de frío en la mano que ya no estaba. Pensó en los "miembros fantasma" , relataban los amputados sensaciones en sus miembros perdidos producto de los nervios seccionados. No era este el caso. Cerró los ojos y llevó el brazo que ya no estaba hasta su cara y efectivamente se tocó. Sus dedos estaban allí solo que eran...invisibles.
Su fórmula funcionaba. Si bien le costó recordar lo que había querido lograr. El no buscaba reconocimientos, nunca había escrito artículos, inventado técnicas, o creado instrumentos, tampoco quería ayudar a los demás, no tenía (como su alter ego) vocación de servicio. No quería aportar al conocimiento científico, solo quería estar bien y al no poder lograrlo, pero al querer seguir vivo, y al entender que la soledad era imposible en los hombres por ser seres de grupo, había pensado en esta alternativa. Estar sin que nadie lo viera. Mientras lo pensaba la invisibilidad había tomado casi todo su cuerpo. En el espejo vio a su cabeza suspendida en el aire. Era una imagen fantástica y graciosa.
El efecto comenzaba el la zona más interna, y adquirió progresiva velocidad. Del exterior, aunque cinematográficamente no era efectivo, no se veía nada hasta que la piel, que era lo último en desaparecer daba el resultado final. La piel del rostro hizo una pausa y finalmente se desvaneció, esta última imagen, un tanto desagradable le había invitado a cerrar sus párpados. Cuando estos se hicieron invisibles se suponía que vería la imagen del espejo. El baño vacío.
No había imágenes, ni esa ni ninguna. Intentó caminar hacia adelante y se chocó con el lavabo. Caminó a tientas. Sentía los azulejos en sus manos. Tenía tacto. Olía el olor característico de un lugar como aquel. Hasta tenía frío en su desnudo e invisible cuerpo. Habló y se escuchó.
Estaba todo bien. Estaba. Era invisible. Pero no veía.
-¿Qué pasa?...-Se preguntó a si mismo. Escuchó rebotar sus preguntas en las paredes del baño.
Buscó la puerta y salió a la otra habitación. Avanzó con los brazos estirados. Una de los tubos de ensayo rotos en el piso se le clavó en un pie. Escuchó su grito. Buscó el vidrio y se lo sacó, sintió sus dedos mojados por su sangre. Entre el dolor razonó lo que pasaba. La luz lo atravesaba por lo tanto sus ojos no podía funcionar, repasó mentalmente el mecanismo de la visión, por un simple principio de la óptica más básica era invisible y ciego.
La enfermera se había dejado llevar por la curiosidad y llegó al patio, le dio el valor para mirar por la ventana pero se decepcionó cuando solo vio un desordenado laboratorio, con vidrios rotos, y muebles manchados...se fue, pero no podía dejar de pensar en la extraña sensación que le había producido un sonido en aquel particular silencio, hubiera jurado que le pareció escuchar a alguien llorar.
Joaquín Doldan