joaquin doldan

viernes, 14 de abril de 2006

$>COMO SUENA LA GAITA

COMO SUENA LA GAITA

En el medio del telón había un tajo que dejaba ver hacia el otro lado, estaba repleto de gente. Las luces eran fabulosas, el sonido impresionaba. Nuestro grupo ya estaba instalado sobre el escenario en penumbras. El teclado, como la sonrisa de un amigo cómplice, esperaba a mis dedos, no estaba nervioso, nada estaba en juego. Había aceptado integrar "Los Hamsters", más por algo de plata que por la propuesta musical.
El dueño de la cadena de carnicerías era un tipo joven, tenía problemas matrimoniales tan graves que en sus pocas horas libres se metía a hacer de productor. La hija mayor de su segunda esposa perdió la virginidad con el cantante del grupo y no hacia otra cosa que hablar del fabuloso Freddy y su pelo largo, ese era el motivo clave que todos conocíamos por su fascinación por nosotros.
-Muchachos- entró un día gritando al garage de su casa- tenemos gira por el interior.
Al parecer otro carnicero que tampoco bancaba a su esposa organizaba bailes en algunas capitales de departamentos.
Yo cobraba N$ 200 por toque, cosa que no era maravillosa, pero estaba bien para el medio en que nos movíamos. Si completaba la gira podría comprar accesorios para mis máquinas y eso me venia mortal.
La música se cortó y los bailarines gritaron.
Me prostituía integrando un grupo que no me gustaba porque no tenía mas remedio; humildemente, gracias a mis sintetizadores, la basura que hacíamos era pasable.
Como buen capitalino no tenía mucha idea de la "cabeza" de los jóvenes de "afuera". El productor aseguraba textualmente: "Miren muchachos los canarios nunca ven grupos en vivo, van a matar con su onda" Decía más cosas erradas pero no vale la pena que me distraiga en sus burradas.
Se abrió el telón.
Mil caras nos miraban, inexpresivas, otro tenso segundo.
Largué el primer acorde analizando que era un grave error cortar luego de tres horas de música gravada en compacts para que un grupejo sustituya "La Marcha" por "Covers". Era como hacer actuar a Jorge Corona en un intervalo de la ópera "Rita" de Donzetti. Terminamos "Mi Enfermedad" de Andrés Calamaro y nada, ni silbidos, ni aplausos, ni nada. Un grupito de diez, quizás cinco gurisas bailaban, no se si lo que tocábamos nosotros.
El cantante, que era el más expuesto por no poder esconderse atrás de ningún instrumento, me miraba de reojo.
Entre el segundo y tercer tema se me acercó susurrando "cortamos acá". No fue por valor, ni profesionalismo, sino por la posibilidad de no cobrar que le dije:" no loco, ahora encará hasta el final".
El pobre volvió al micrófono acomodándose el pelo, cuando fue a hablar se escuchó el clásico acople inoportuno. Tronó una breve risa.
-Buenas noches- dijo- esperemos que estén pasando bien, les vamos a dejar otro tema.
No hubo ninguna respuesta. Solo alguien se movió para tapar su cabeza con una campera de cuero.
Una barra de muchachos, sin duda " La Pesada " del lugar, con sus cervezas en la mano, nos miraba con odio desde una especie de balcón que había al costado del baile, a la altura del escenario.
- ¿Les gustan Los Enanitos Verdes"?-
Gritó nuestro vocalista haciéndose el canchero .
- Mira el enano que tengo para vos- contestó uno de los malos sacando su órgano no eléctrico.
El suceso perturbó al cantante y arrancó una risa descomunal del auditorio. Sinceramente me dio mucha risa el hecho, igual tocamos "El Extraño del Pelo Largo" como fin de la primera vuelta. El telón volvió a la posición que nunca debía haber cambiado. Todos bajaron indignados por el desamor del público. La lluvia de excusas no consolaba la posibilidad de no cobrar.
El mini concierto quedó por esa, no hubo bis y pagaron lo acordado, aunque la plata tenía un dejo a "nunca más". Volvimos a la capital, mi rabia no era artística sino financiera, la gira no iba a continuar.
Me había costado acostumbrarme a la presencia de la cocaína en mi vida. Jamás aspire ni una raya. Bastaba convivir con sus consumidores para rechazar la idea de metérmela en la cabeza. Años atrás la curiosidad sobre los efectos de la droga me hubiera zambullido en ella, pero si bien estaba conciente que mis ídolos eran hijos del sexo, la droga y el Rock and Roll, tenía la pesadilla de ese polvo blanco rellenándome hasta que al llorar o al eyacular saliera merca. La otra gran ayuda era que mis ambiciones económicas hacían espantar la idea de gastar en placeres no duraderos en forma progresiva. Nunca supe si era minoría o mayoría la gente que dependía de las drogas para ser feliz. En los ambientes que me movía la cantidad fluctuaba constantemente por momentos parecía que todos separaban líneas con sus tarjetas de crédito para meter por su nariz la desconocida sensación.
Cuando débilmente apareció en mí las ganas de probar, me bastó conocer al cantante de "Los Hasmter" para descartar convertirme en algo parecido a eso.
Quizás tanta historieta, tantos discos de pasta, había criado en mi la habilidad de drogarme con mis propios sueños. El tipo que me enseñó solfeo hablaba por horas del arte y esas cosas. Siempre decía que la memoria era el caballo donde el buen artista cabalga hacia el corazón de las personas, por los caminos de la ilusión. Odiaba la T.V decía que impedía soñar, y para colmo de males el imperio había dado a luz un nuevo monstruo para comer cultura, los video-clip, un bocinazo me trajo. Estaba en la camioneta de los derrotados, rumbo a Montevideo, "Correte, Boludo", le gritó el chofer a uno de esos autos viejos que todavía hay en Uruguay. Es extraño, me di cuenta que estábamos llegando a la ciudad mas poblada del país, no por ver habitantes sino por los semáforos, parquímetros, autos, no había caminantes, ni jóvenes, ni ancianos, por supuesto no había niños. Creí muy coherente de mi parte tocar música tecno, música de máquinas para máquinas.
Esa madrugada por primera vez me despertó ese sonido tan particular.
Por suerte vivir con mi abuela permitía que tuviera techo y comida. Faltaba solo un mes para empezar carnaval, período en el cual mal o bien había trabajo.
Al llegar diciembre un par de contactos me bastaban para conseguir un grupo de humoristas, parodistas o una revista donde salir.
Confieso que disfrutaba mucho, a pesar que con los años "Los que Hacían" carnaval eran los menos, aunque los que miraban que se pretendían que fueran "Los Más", también eran pocos. Los vestuarios lujosos y los profesionalismos, a veces pertinentes pero en general impertinentes habían hecho entrar a Momo en una rueda que seguramente lo haría volver a la época en que se salía como diversión y luego se pasaba el gorro. Ese año había "arreglado"" para salir en los humoristas "Si no te gusta, te vas". Estaba tan acostumbrado a venderme como músico que hasta me ponía la camiseta del equipo y quería ganar el concurso.
Los coros de la murga y los tambores, algunas veces me congelaban la mente de gozo, y como placer adicional disfrutaba actuar de barrio en barrio, con la luna de testigo, en algunos tablados aunque sea por unos días en el año la gente tenía pequeñas alegrías.
Mal o bien el carnaval me había servido como pantalla para otras fuentes de trabajo. De hecho fue ahí que conocí a Jonathan Lima para tocar en "Charangeitor", un grupo de música tropical, que se escucha hasta en el frío invierno. Mi nuevo patrón me fastidiaba por no usar el pelo largo onda rockero, "lo manda el marketing"", decía.
Aún así me acepto porque usaba caravanas, (cosa que hacia desde los 15 años como pasada rebeldía. y que la moda convirtió en norma).
La idea de sacármelas había empezado a sonar en mi cabeza pero cedí ante los hechos y necesidades.
Con la "Cumbia", como se mal- llamaba a eso que hacíamos- no solo me mantuve sino que ahorré unos buenos mangos.
El C.D "Salsa Ketchup"" fue disco de platino, los temas "La de tu hermana" y "Amor Sonoro"(este último de mi autoría bajo el seudónimo de Roberto Smith), encabezaron los "Rankings" y mataban en los bares. Fue para mi una época de oro en cuanto a admiradoras y popularidad, se puso en evidencia mi inevitable materialismo porque tuve una paz espiritual que me permitió componer un par de temas en verdad buenos para mi gusto, aunque para interpretarlos necesitaba un grupo como "Depeche Mode"".
Pero aquel sonido, que había escuchado por el día que me fui de "Los Hamsters", seguía despertándome todas las mañanas. No se como deje pasar tantos meses antes de preguntarme de donde venia.
Parecía venir de adentro mío, como las canciones de la escuela, pero mas viejas. Recién pensé en ello una noche en un boliche, había tomado un poco, las luces psicodélicas me mareaban y para colmo el lugar parecía un nube de marihuana, tuve que sentarme en un rincón, en la pared de enfrente a mi había un enorme mural con una escena de la mas famosa crucifixión me hipnotizaron los detalles hasta que me dormí o algo así...


El sonido de siempre,
ahora tenía melodía,
dulce y vieja, era la música.
El flaco de barba, no en vano apodado "El Salvador",
tocaba con maestría la gaita gallega.
En su túnica resaltaba la bolsa de aire color corazón.
La visión era exageradamente luminosa, pero con esfuerzo se lograba ver que detrás del músico había sombras.
El dejó de tocar cuando me vio, pero la gaita sonaba igual. Me llegaron olores que en el pasado me había alimentado, aromas de "Caldeiradas"", Paellas, vi líquidos de fuego con olor a café.
Noté que las sombras venían de un enorme barco. Distinguí hombres, mujeres y niños, algunos bajaban llorando, pero todos al oír la música, se ponían a bailar.
Abrí los ojos, aunque creo que los tenía abiertos, y él seguía en la cruz, mirando para abajo. Prefería recordarlo como músico, así que me fui, todavía aturdido.
Llegué a casa al amanecer corrí a refugiarme en mis discos de pasta, en ellos se escondía la música que me crió. Miraba las tapas de "Duran,Duran", "The Cure",”U2”; recordaba romances al son de
"Hotel California", o "Murmullo Descuidado". Elegí uno y cuando lo fui a poner note casi con desesperación que mi stereo no estaba.
Mientras estaba congelado pensando en correr, escuche nuevamente la música de la gaita.
Esta vez a diferencia de las anteriores salí a su encuentro.
En el patio descubrí varios misterios revelados al mismo tiempo.
El frágil cuerpito de mi abuela (hace años vestido de negro) había llevado el tocadiscos hasta ahí, como lo hacia todas las mañanas, y ponía uno tras otro sus discos gallegos.
-Quería que se te metiera esta música y se te saliera la inglesa, Meu Filinho-
Sonrió mostrando sus gastados dientes.
Nos quedamos juntos todo el día, cruzando mares en esas notas, descubriendo melodías que estaban en mi memoria desde antes de nacer, cuando todavía no me había colonizado.
Cerraba los ojos y veía a Jesús diciéndome que salvara mi música, la que hace eco en el corazón, la que suena sin tiempo, como suena la gaita.


Joaquín Doldán
Publicado por joaquind @ 18:05 | Enviar