viernes, 21 de abril de 2006
LA MONJA YANQUI
EL UMBRAL DE LA NOCHE
El sobre decía "Sr. Emmanuel S. Rey. Presente". Sonreí al recordar que la "S" es por "Stephen" ( quién sabe por qué motivo en mi barrio todos tenemos nombres tipo "Jenifer", "Jonatan", o similares). Había postergado la lectura de esa carta por una semana, la remitía el grupo de ex-alumnos de mi ex-colegio intuí que había demorado demasiado en abrirla, y la intuición se hizo arrepentimiento al descubrir que era una invitación para el viernes 30/12, o sea para hoy.
No podía faltar me habían nombrado para presidir una reunión frente a una comitiva extranjera y querían darme un reconocimiento a mi carrera literaria.
Mi escuela era un anexo a un convento. La estricta formación católica estaba en mi grabada a fuego, y guardaba en mi mente cada clase de catequesis aunque fuera yo un típico caso para ir del purgatorio al infierno sin pedir visa, aún teniendo la esperanza de un perdón divino por toda la lujuria desparramada en mis días terrenales.
Debía ir a las 8 de la noche , un grupo de curas y monjas de E.E.U.U habían mandado una delegación con plata para terminar un piso con computadoras y todo lo que les encanta a los "yanquis".
Eran los primeros días del verano, por lo tanto el calor era independiente de la presencia del sol, y solo la vecindad del mar lograba templar el aire. En las noches había es ambiente heredado de la Navidad que intentaba convencer a los que habían pasado unas fiestas de miércoles que Fin de Año y Año Nuevo iban a ser diferentes. Ya no le pedía a las fiestas el milagro de la noche feliz, y el verso de Año Nuevo-Vida Nueva se había marchitado hace mucho en mi alma.
Por eso ni me molestaba en ir al interior a ver a mi familia, y por el contrario me auto-excluía en la antigua casa que mis padres habían habitado durante su estadía capitalina.
La escuela estaba a oscuras. Miré mi reloj y decía 22.30 hs. me reproché el ser tan impuntual, y estuve a punto, pero muy apunto de volver a mi casa lamentándolo. Pero quién sabe por que golpeé esa puerta de hierro y cristal. Al rato salió el viejo Pedro:
- Manuelcito, ¿cómo andas?, ¿qué haces?, ¡qué grande estás!- me bombardeó con comentarios qué solo maestros o portero hacen tratándote como veinte años atrás cuando usabas esa condenada túnica.
-¿Qué decís Pedrito?- dije abrazándolo para insinuarle la diferencia de tamaño- ¿te acordás que hace meses me pediste un libro?, toma y que te guste- en realidad me había acordado al verlo pero siempre llevo uno de mis ejemplares para esas ocasiones, o en otros casos sirven como forma de seducción.
- Me va a gustar, me encanta el terror- comentó- no viniste a la fiesta de hoy.
-Se me hizo tarde- contesté avergonzado- ya me voy.
- Yo también, pero ¿por que no pasas y conoces el piso nuevo? No te puedo esperar pero yo te dejo la llave de la puerta de atrás. Disculpa que no te acompañe pero no puedo perder el ómnibus, me voy para afuera a pasar Fin de Año con mis hijos.
-¿No queda nadie cuidando?- pregunté por diplomacia.
-Las monjitas de acá al lado bichan todo- dijo riendo.
Sentí que era despreciativo de mi parte confesar que me importaba un corno la limosna americana pero soy muy lento para resolver esas situaciones el hecho es que agarré las llaves, despedí al viejo y entré. Me quedé solo en mi escuela, dispuesto a ir derecho a la puerta del fondo y volver a mi casa de donde nunca debí haber salido ese día. Es rarísima las sensación de no ser uno más ahí dentro.
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Crucé el patio hasta la puerta del fondo. Los recuerdos me invadían en forma de olores.
El bebedero, la estatua de la Virgen María, los tres pinos, la cantina. Recordé un día que descubrimos que uno de los salones conectaban con el patio del convento, y me dirigí hacia allí. Me parecía escuchar las risas de mis compañeros, los gritos de mis maestras, me sentía extrañamente cómodo. No tenía planeado recorrer el colegio pero fue inevitable. Hacía mucho que no iba a la iglesia o a una capilla. En la solitaria casa con la cruz en el portal, en mi mente se dibujó el respeto y la devoción que en otra época me habían llevado a entra a lugares así, añore mi Fe. Me hizo sentir bien saber que aunque hacia mucho que ni pensaba el tema, era un hombre religioso, y esa parte de mi no estaba dispuesto a cuestionarla.
Miré los bancos de la capilla, sentí el aroma de las flores, estaba en penumbras, sólo había encendidas unas lámparas de bajo voltaje.
De repente vi, en el primer banco, un bulto negro que se movía.
Di un salto hacia atrás, la sangre se heló en mis venas y en el lugar Retumbó mi casi-grito.
Nunca fui muy valiente pero me acerqué a la llave de la luz principal y la accioné.
Me dio cierta gracia lo que vi, tanta que en un primer momento no intenté explicarlo.
Era una monja durmiendo profundamente.
Debería estar muerta de cansada porque estaba incómodamente colgando del banco, se notaba que estaba rezando un rosario eterno, se fue inclinando, y quedó planchada con los brazos y las piernas saliendo de la fina madera.
Me acerqué y la miré dormir, respiraba lentamente.
Era joven, tenía rasgos angelicales, seguí el contorno de la negra forma, el hábito se le había recogido y sus piernas estaban a la vista. Unas piernas perfectas, barnizadas por unas medias de seda digna de la más seductora de las mujeres. Me perdí en los contornos de los muslos y de refilón vi un santo que tenía clavados sus ojos en mí.
Casi muero de vergüenza, pero para que mentir, sonreí ante mi ridícula actitud y continué mirando las hermosas extremidades de la cansada hermanita.
No tengo ni idea de cuanto tiempo pasó, en cuanto me pareció que se iba a despertar me incliné y le toqué un hombre dulcemente:
-Hermana- susurré.
Entreabrió los ojos; y que ojos¡ ¡Verdes como el trigo verde y el verde, verde limón. Por un momento puso cara de no entender nada.
Se incorporó (el hábito cayó como un telón a mi espectáculo), y no puedo contar lo que le decía porque hablaba un fastidioso y cerrado inglés. Decía "slip" o algo así que me hacia acordar a mis calzoncillos, se ve que mi "sonrisa de amigo" funcionaba porque no estaba asustada, aunque sí nerviosa y algo avergonzada.
Enseguida me explique la historia; era parte de la delegación yanqui, vino a rezar, cansada del viaje, se apoló y quién sabe porqué los demás ni se avivaron y se fueron sin ella.
-Emmanuel- le dije estirando mi mano. Me sonrió, tenía los cachetes colorados lo que resaltaba que era muy, muy linda.
-Diana- contestó apretando mi mano.
Sentí una extraña música sonando adentro mío, con gusto la hubiera llevado a mi casa pero saltó como un fusible el respeto que merecía su hábito y sobre todo su voto de castidad, por lo tanto nos dedicamos a buscar un "Fon" (entendí lo que quería porque recordaba: "E.T Fonjom").
Recorrimos todo el edificio para que la atractiva religiosa pudiera llamar al hotel. Fuimos a la parte más moderna de la escuela, algo me llevó a pensar que en el piso ( último y más nuevo).Podía haber teléfonos habilitados. Con muecas y medias palabras nos pusimos de acuerdo en un momento cuando íbamos en el ascensor ella dijo:
-Are you Emmanuel Stephen Rey?
"Puaj" pensé, y mandé un:
-Ies.
De su gran bolso sacó mi último libro, odiosamente traducido a su idioma y me hizo señas que lo firmara, sonriendo al ver que, efectivamente la foto de la contratapa coincidía con la cara de un servidor. "Mujer Bonita y autógrafo"", siempre fueron sinónimos de posible sexo; fue pensarlo y me sacudió un chucho de frío que bien podía haber sido el rezongo de un ángel ante mi blasfemia. Traté de perdonarmelo como un tropezón de mi débil y machista alma. Después de todo un unos instantes ya no vería a la tentadora hija de Dios y el imperio.
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El zumbido del ascensor me trajo nuevamente la extraña música.
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Lo que paso podía ser tomado como una celestial decisión
para que mi año nuevo fuera, de verdad , nuevo; o como una definitiva prueba sobre mi posibilidad de zafar de la estadía eterna en el infierno.
Llegamos al último piso, entramos a la central y descubrimos que estaba todo desconectado, computadoras, fax, teléfonos, por un instante se fue la luz, la monja se asustó y se mandó la gracia de recular golpeando la puerta hermética que en un futuro abriría con una tarjeta magnética , pero que actualmente a medio construir, solo se fue entornando cada vez mas hasta fundirse con el resto de la pared y hacer un sospechoso "Clic".
-¿Clic?- dije yo.
Quede parado en el medio de la habitación, ella grito "omaigad" , la luz volvió y nos sorprendió
congelados, espalda con espalda, yo como un nabo con un inservible teléfono inalámbrico en la mano derecha y ella con su izquierda en la boca presintiendo la cagada que se había mandado.
Estábamos encerrados en esa sala de cinco por cinco que solo tenía una banderola que daba a un abismo con el fondo del convento como base.
Creo que recién una hora después nos sentamos a intentar hacer un análisis de la situación.
No poder comunicarnos fluidamente permitió controlar el pánico y motivar la comunicación gestual.
Sor Diana tenía en su bolso un pan dulce, dos budines, tres turrones, un paquete de nueces y una cajita de vino. La situación entre ridícula y preocupante me hacia ir tomando lenta conciencia del peligro. En esa época el único que podría andar por allí era Pedro, que volvía el lunes. Estábamos incomunicados, como náufragos en la ciudad. La delegación yanquee era improbable que la buscara en el último piso del edificio. Hasta maneje la posibilidad de hacer humo con algo, pero además de no tener fuego temí incendiarnos o intoxicarnos antes que alguien nos salvara.
Nuestro nuevo hogar tenía como anexo un pequeño baño que además de las funciones obvias, tenía una canilla lo que nos aseguraba agua corriente. En la exploración del lugar también encontramos una alacena con sobres de té y azúcar, lo cual junto a los souvenirs de la hermana eran buenas provisiones por unas horas hasta que un milagro divino nos sacara de allí.
Me trepé para mirar por la banderola cuando su voz dijo "Emanuel luk".
En una de las paredes había una cortina negro como su hábito, la había corrido y descubrió un pequeño ambiente que solo contenía una cama de una plaza.
Ella sonrió y se encogió de hombros se sentó acariciando el colchón y suspirando sacó su rosario y empezó a rezar.
Me paré frente a ella, una voz decía "Mujer-cama..."", otra voz decía"¿porqué a mi?.
Se ve que adivinó mi desconsuelo porque se levantó y tomó mis manos, movía la cabeza como entendiendo mis miedos.
"Todou okei"- susurró, y cerró los ojos como para que rezara con ella. Aprovechando que no entendía un sorongo dije con voz entrecortada:-¿cómo voy a hacer para intentar encamarme contigo?
-Okei"todo okei"- susurraba.
El destino puede ser muy absurdo.
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FIEBRE DE SÁBADO POR LA NOCHE
Al principio tenía mucho frío y transpiraba, luego calor y temblaba.
Recién habíamos comido nuestras raciones e hicimos turnos golpeando unos tubos en la ventana, actividad que suspendimos porque aturdía.
Diana se pasaba rezando, cosa que me calmaba, me trataba con una ternura onda madre que un poco me gustaba y un mucho me fastidiaba.
Había llegado la noche. El encierro y lo comprometido de la situación hacia que el transcurso del tiempo fuera como un barco guiado por los vientos de un reloj interno.
Recién supe con certeza una hora cuando a medianoche sonó la sirena de un lejano barco y el cielo se lleno de fuegos artificiales.
Nos sobresaltamos pero enseguida supimos de que se trataba.
Las luces de colores se reflejaban en su cara, me convencí totalmente de su hermosura. Ahí estábamos, ella y yo solos, miró mi rostro sonriente y dijo: "Japi nivier"
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Me parecía medio lógico que uno de los dos tuviera en un momento un arranque de furia, generalmente le pasa al de carácter mas débil. Pensar eso fue lo que mas me enojo mientras estaba enojado.
Luego que brindamos con vino nuestro "Fin de Año", comenzó a dolerme la cabeza.
Para alegrar la noche le había dedicado unos tangos, luego interprete unos cuples de murga, que no entendió pero igual aplaudió. Me molestaba cada vez más era que no nos hablábamos directamente, mi cuerpo volaba de fiebre. Por un momento lo asocié a que me calentaba la idea de ser un sobreviviente.
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La rabia me trajo historias de furia, el frío cuentos sobre el calor, mi piel ardiente flashes de vidas sin temperatura.
Estaba todo oscuro.
De la nada caían susurros que según me habían enseñado eran el idioma de los ángeles. Agua fría apagaba el incendio. Mantas ahogaban los escalofríos.
Diana me había desnudado, me ponía paños en la frente, me abrigaba, me rezaba.
Siempre yo, pobre yo, salvado por mujeres o religiones. Drogándome con las verdades que me contaron o que yo mismo invente sobre Dios y el hombre. Convencido por curas y maestros, por sistemas, por televisiones, por radios, por superproducciones, por los Estados Unidos. Felicitado por los convencidos como yo, que son los mas.
Recordé lo ridículo que me sentía escribiendo antes del primer concurso. Estuve años haciéndolo para que me dijeran que podía inventar cuentos de tanto leer historietas, y mirar videos; y me lo decían una y otra vez. Primeros premios, segundos premios o menciones especiales.
Mi profesión era esa: crear mentiras de la mentira que me habían contado.
Supe que la fiebre no cedía cuando las historias nunca escribo transitaron por mis ojos como fantasmas. Me vi vestido de escolar, sufriendo con las sumas, soñando con jugar, soñando con superhéroes. Me imaginé perseguido por militares, por mujeres, por dinosaurios. Deliré con un músico, un apocalipsis y un escritor de mi generación que habían encontrado muerto, junto a otro cadáver de una mujer vestida de monja.
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PESADILLA EN LO PROFUNDO DE LA NOCHE
Diana acostada en la cama, tapada hasta la cabeza con la sábana llegó a ser familiar en el paisaje de su "Isla de Náufragos". Mientras el estaba de espaldas escribiendo apenas notaba sus movimientos adivinando las sombras de verdad estaba entrenado para concentrarse y trabajar, por un momento se detuvo, pasar otra noche en ese lugar era preocupante sintió vergüenza de su poca capacidad de reacción ante la situación que, en realidad, podía ser fatal. Si bien casi no habían comido, seguramente como efecto secundario del nerviosismo. era obvio que no podían pasar allí toda la vida.
Lo tranquilizaba la lógica de que un Lunes la actividad en la escuela se reanudaría, no quería ni pensar en el gran factor: era el segundo día de Enero, clases no había, las maestras estaban de vacaciones.. frenó sus pensamientos diciéndose a si mismo que esa era su última noche de encierro.
Se recostó sobre la mesa que hacia de escritorio. La habitación estaba en penumbras, como le gustaba poner a las habitaciones en sus relatos cuando está por ocurrir algo, casi se durmió y prefirió pararse. Clavó su mirada en la gran cortina negra, que sería para separar los ambientes y le hizo gracia que nunca la usaran, como si la intimidad entre ellos fuera necesaria. Inconscientemente notó que algo desencajaba en su "cárcel de inspiración".
El paisaje que sabia de memoria, tenía una nueva mancha negra sobre una de las computadoras. Se acercó y para su sorpresa vio el habito de la monja, por primera vez sin ella adentro. Un escalofrío recorrió su cuerpo, como un rayo que choca contra un árbol, encendió un fuego justo bajo el cierre de sus jeans. Bajo la sábana blanca se adivinaba el cuerpo de Diana, pensó en su pureza, en su castidad, en su virginidad, en lo importante que sería para ella sentirse similar a la madre de Dios.
El evidente rechazo que le haría a los deseos de un pecador. Luego pensó en él mismo después de ese fallido intento, toda su formación católica desplomada ante la herejía, su iglesia había sido su sostén, la Fe en sus creencias le habían dado sentido a la vacía posibilidad de morirse porque sí. En ese instante entendió su cambio.
Al escribir buscaba, no morirse. Se confesó que quizás su fe no hubiese sido tan fuerte como para confiar en la inmortalidad prometida por otros hombres, y por eso la buscó por su cuenta, aunque supo que sus libros tampoco lo perpetuarían en un mundo que después de todo, no es perpetuo. La sensación de proximidad del final de algo lo hizo acercarse a esa cama y retirar la sábana.
Por un momento soñó despierto que un enorme tejido humano vascularizado se interponía entre aquella mujer y él. Esa barrera que tantas vidas, sociedades, culturas y religiones había marcado. Esa tela a la que él como muchos otros "machos", había rendido culto por años. La ruptura de sus vasos se había confundido tanto tiempo con la pureza o irreversible impureza, que aunque la evolución fuera acomodando el concepto, las aún machistas almas, la tenían como sello y calificación femenina. Ese accidente sexual era todo un acontecimiento, y como una forma más de no morir los hombres se peleaban por llegar a tiempo y crear la marca que los contendría en un recuerdo en la vida de alguien si encima existe un voto de castidad de por medio, el acontecimiento se hace más grave, la raíz más profunda, el recuerdo más indeleble.
"Que Dios me perdone", se dijo refugiándose en la piedad infinita del creador dueño de escultural cuerpo en ropa inferior que estaba a sus pies.
Diana no despertó hasta que sintió el contacto . Su piel había empezado enfriarse y en un momento le pareció ver el fuego que ese hombre tenía. Emmanuel sintió la leve resistencia, recién cuando su boca atacó contra el blanco cuello. La clave de la situación, pensó estaba en no permitir el razonamiento. Corrió la discreta, prenda y se preparó para la fusión.
Recién en ese instante, el tiempo se detuvo y él se paralizó.
El peso de su cuerpo había hecho que ella abriera las piernas. Las delicadas manos estaban contra su pecho, la agitada respiración no dejaba adivinar cual era el estado en que se encontraba al estar a punto de ser penetrada.
En ese instante sus manos dejaron de recorrer cada rincón , y los ojos del escritor se encontraron con los de ella.
Los océanos me rodearon
esperaba la tormenta de sus olas
erosionando mis ansias
esperaba el brillo de la furia
ahogándome las ganas
esperaba un viento incomprensible
de palabras que me harían naufragar.
Pero este navegante solitario
encontró la paz de un mar cómplice,
con tímidas ondas creadas por una brisa nueva;
un manto transparente que,
quien sabe por que, quería navegar
conmigo,
Irrumpió en ella con firmeza, en un solemne empujón, que no encontró ninguna resistencia.
"I'm not a virgin", susurró ella.
Emmanuel se había metido en su pelo, con su cara por encima del delicado hombre, abrió los ojos pero todo seguía oscuro. Ya era tarde para reflexionar, ya era tarde para sentirse tonto al filosofar, ya era tarde para sentir perversidad por la necesidad de haber entendido mal, ya era tarde para reclamar, ya era tarde para acordarse que ni siquiera se había puesto condón
EL DÍA DESPUÉS
El rescate fue menos emocionante que una película que vi cuando niño en la "Matinee" del cine "Belvedere Palace"; para que se hagan una idea se llamaba "Historia de una Piedra".
El lunes de mañana escuche ruidos en el pasillo, grité y Pedro de afuera y en un santiamén me liberó, aunque por el resto de su vida se va a preguntar como fui a parar con una monja al último piso de la escuela.
Antes de tomar un taxi, Diana me abrazó y me dijo "Gudbay".
Sentí un verdadero nudo en la garganta, los ojos se me llenaron de lágrimas, la boca se me secó, las piernas me temblaron y tuve una breve erección.
Capaz que me enamoré un poco ; es fácil enamorarse de lo difícil.
Rumbo a mi casa confirmé la sospecha de haber perdido mis referencias sobre el concepto de hogar.
Aun faltaría para que la palabra "Revolución" me explicara su significado, pero a partir de esos días y por mucho tiempo solo escribiría historias inventadas sobre las pocas palabras que me parecieron ciertas. Extraña costumbre humana la de necesitar perder cosas para mensurar sentimientos hacia ellas. Así sin religión sin dueños ni propiedades, me inventé un exilio, una soledad, una búsqueda. La noche, como siempre, llegó antes de lo previsto. Me fui sin avisar, aunque ya a esa temprana altura de mi vida, no me quedaba mucha gente a la cual preocupar.
Mi auto no entiende de nostalgias y me obligó a tirarlo por una bajada para arrancar; pero una vez sobre él, la templada noche de Enero empezó a llorar.
Comencé a irme, por la carretera mojada, para agarrar caminos, para ver a la distancia los viejos pasos. Mi futuro, con curvas y desvíos, se adivinaba entre la templada cortina de agua. Elegir tener o no pareja, o hijos, o casa, elegir la vida o que la vida lo elija a uno, soy un escritor machista, católico, hijo del Imperio; ahora que se lo que soy, quiero cambiar, pero no me enseñaron a hacerlo . Si decidiera casarme, repetiría el modelo de mis padres, educaría a mis hijos como me educaron a mi, e insistiría en demostrar, inconscientemente, que se puede lograr la tranquilidad si ese modelo se aplica correctamente.
"No doblar a la izquierda", decía un cartel que desobedecí.
El recuerdo de Diana aparecía y se borraba como las gotas de lluvia en el parabrisas, los coches que iban en sentido contrario me hacían sentir que avanzaba hacia ella, no se por que...
En esa habitación me sentía tan seguro, que pude perderlo todo y no tuve miedo.
Es imposible ser machista si te convencés que una mujer te puede revelar verdades; que el hombre es su equilibrio pero desde hace siglos que en ellas esta el refugio, nuestra eterna placenta sin la que no podemos caminar por el planeta, ellas observan con paciencia , actúan a pesar de nosotros, y adquieren escondidas sensibilidades.
- Bueno ,Emmanuel- me dije- vas a vivir sin escapar.
Fue así que la felicidad, ese proceso en equilibrio con la tristeza, adquirió finalmente, un valor alcanzable.