Para llegar a Santiago de Compostela desde Santiago de Chile, hay que atravesar una cordillera, cortar un continente y surcar un océano. Una psicóloga al borde de los 40 años, una mujer chilena (como en el caso de Sonia), se cuestionaba todos los días su inmigración. Cansada de vivir en un mundo de fantasmas se dejó encantar por una ciudad repleta de ellos.
Una noche caminaba por las calles escuchando cada paso retumbar en las piedras. Había parado de llover, pero había caído suficiente agua como para humedecer el paisaje para siempre. Se detuvo a escuchar el eco y este no coincidió. Sonaron tres pasos más que los que ella había dado.
A sus espaladas la sombra se dibujó y saltó a la oscuridad. Los fantasmas no entienden una actitud así: ella comenzó a seguirlos. Otra sombra, más pequeña y oscura la esquivó justo cuando dio la vuelta a una farola. Dos de ellas apenas tuvieron tiempo de protegerse cuando apareció de repente en un callejón sin salida.
Los fantasmas de Santiago no estaban preparados para la inmigración de una Quechua amante de las sombras. A partir de esa noche temblaban cuando la veían venir. Suponían su presencia y deseaban que llegara el día. Comenzaron a contar una leyenda, las sombras más viejas y escépticas asustaban a las más nuevas, decían que una humana de piel canela perseguía a cualquier espíritu que se atreviera a andar solo por las calles.
cuentos de inmigrantes