domingo, 17 de diciembre de 2006
Ni la sangre que caía sobre mis ojos me impedía ver al murguista. El camión que nos llevaba había volcado de forma espectacular. Y en ese instante, a punto de morir, comencé a recordar. Eso es buscar una serie de sucesos, que parecen fruto del azahar pero que, visto en serie, son una cadena de historias indivisibles, y que llevan a una pequeña vida, de un pequeño hombre en un pequeño país a ver la muerte reflejada en una cara pintada para disfrutar del carnaval más largo del mundo.
Los trajes revueltos brillaban en silencio, no podía oír nada. No sentía dolor y perdí la noción del tiempo. El murguista tenía los ojos cerrados. La cara totalmente blanca, surcada por líneas de colores brillantes, formaban una mueca simpática y pacífica. Era un payaso dormido antes de la función. La luna reflejó un destello en la mejilla. Mirando los colores de su rostro entendí la lógica de aquel final. Los dos tumbados entre trajes de carnaval, caídos en pleno febrero, rumbo a una actuación. Un escenario estaría en silencio, cuatrocientas personas esperando nuestra llegada aún pasada la medianoche. Tomando una cerveza, jugando al bingo. Y en la puerta un grupo de niños esperando a la murga para pedirle a sus personajes que le rozaran su pequeña mejilla con su cara maquillada y así lograr una divertida marca de brillos y colores.
Habían pasado veinte años.
El murguista muerto era de mi edad, y yo apenas un niño.



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Publicado por joaquind @ 13:04
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